Por circunstancias personales nos mudamos a vivir a un pueblecito del sur de la costa catalana durante dos años. Y conseguimos lo más importante: integrarnos y disfrutar de un entorno único y natural. Pocas zonas cuentan con playa, montaña y un delta impresionante. La unión del río Ebro con el mar Mediterráneo hay que verlo y vivirlo. Además extensiones inacabables de arrozales inundan la zona. Cada estación del año lo ves de un color diferente. Yo me quedo con el verde. Y ya no te digo cuando inundan los campos de agua y ves reflejado el cielo en el suelo. Volver a nuestra ciudad de interior fue difícil por decirle adiós al paraíso. Volveremos. ¡No echamos raíces para poder movernos!


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